viernes, 29 de noviembre de 2019

ASUNCIÓN VELA, LA MAESTRA QUE CREÓ ESCUELA

ASUNCIÓN VELA, LA MAESTRA QUE CREÓ ESCUELA
Natural de Hiendelaencina dedicó su vida a la enseñanza de la mujer


      Cuando nació doña Asunción Vela López, en el año de gracia de 1862, era Hiendelaencina, sin temor a equivocarnos, la población más bullicioso de la provincia de Guadalajara. Una población que aspiraba a arrebatar el puesto de capital de provincia a la hasta entonces capital de provincia; puesto que era la que más crecía y, también, la que más riqueza generaba. Las autoridades municipales de la década de 1850, al no lograr la concesión de la capitalidad provincial intentaron arrebatar a Atienza la cabecera de partido, y esto sí que estuvieron a punto de lograrlo, aunque se quedaron a las puertas.

    Quizá por aquel intento de ser más que la propia Guadalajara, las autoridades provinciales no dieron el visto bueno a que por la comarca se trazase una línea férrea que hubiese sido un fuerte estímulo para el desarrollo de la Serranía guadalajareña. Las autoridades provinciales negaron aquel avance porque supusieron que quienes más beneficio obtendrían del ferrocarril serrano serían los franceses e ingleses que comenzaban a invertir en la minería de la plata. Los extranjeros en resumidas cuentas, y así nos fue a todos.



   Cuando nació doña Asunción Vela apenas hacía quince años que se habían descubierto aquellos filones de plata que harían figurar a Hiendelaencina en los medios de prensa de toda Europa.

   En aquellos quince años había cambiado prácticamente la totalidad de la fisonomía del municipio, creciendo sin cesar hacia lo alto. Dejando atrás las clásicas casas de paredes y tejados de pizarra para levantar las que más parecían palacetes en torno a una plaza Mayor de dimensiones considerables, casi de tamaña extensión a la de la capital del reino; e incluso levantando en tiempo récor una nueva iglesia, en la que doña Asunción recibió las aguas del bautismo. Cuando por sus calles se paseaban don Antonio Orfila y don Pedro Esteban Górriz, quien puestos a pretender, como las autoridades hiciesen, pretendió el marquesado de Hiendelaencina que, a pesar de no ostentarlo oficialmente, como marqués de Hiendelaencina fue conocido por sus coetáneos, en gracia al beneficio que produjeron sus descubrimientos.

   Fue doña Asunción, sin duda, una mujer de carácter, como eran las mujeres que comenzaron a destacar a la vida cultural en el último tercio del siglo XIX en la provincia y fuera de ella. Y es que en aquellos tiempos, para alcanzar el éxito, no había más remedio que tener carácter, ante todo cuando ha de quedar para la posteridad, como quedó de doña Asunción, una extensa biografía, para ejemplo de lo que con tesón y esfuerzo se puede lograr.

   Si tomamos la breve biografía que sobre ella se publica en la Fundación Fernando de Castro, podemos leer: Nacida en Hiendelaencina (Guadalajara), en 1862,  estudió en la Escuela de Institutrices de la Asociación, donde obtuvo su título en 1877. Desde 1883 fue profesora de varias asignaturas. A partir de 1889 desempeñó sin interrupción el cargo de Secretaria de las Escuelas, hasta su fallecimiento en Madrid, en 1938.

   Y es que, en aquellos años, la mayoría de las mujeres que destacaron en la vida social o cultural se dedicaron a aquel oficio, el de la enseñanza. Para la mayoría de mujeres que buscaban estudios superiores no los encontraban más allá, teniendo que conformarse con ser institutriz, maestra o, como algo de mayor relieve, poeta.

   Mucha más extensa que la facilitada por la Fundación a la que doña Asunción dedicó la mitad de su vida es la biografía que sobre ella escribió el profesor Juan Pablo Calero Delso publicada, entre otros medios, en la revista digital Atienza de los Juglares –número 61, junio 2014:

    “Asunción Vela López nació en la localidad alcarreña de Hiendelaencina en el año 1862, en pleno apogeo de la explotación minera, y falleció en Madrid en 1938. No sabemos mucho de su familia, aunque hemos encontrado noticias de una pensión militar de la que era beneficiaria.

   Siendo casi una niña se trasladó a Madrid, y desde tan temprana edad mostró un notable interés por la cultura. Según declaraba ella misma, asistió a las clases para mujeres que, por iniciativa de Fernando de Castro, se impartieron en el Ateneo de Madrid a partir de 1869. Desde entonces, tuvo como maestros al citado Fernando de Castro y, muy particularmente, a Gumersindo de Azcárate, desarrollando una labor pedagógica tan pionera como meritoria dentro del marco ideológico del krausismo…”

   Y, todavía, con fecha 21 de mayo de 1931, leemos sobre nuestra paisana en el periódico Las Provincias, con motivo de un homenaje que se le tributa junto a la también profesora Clementina Albéniz, motivado por la concesión gubernamental de la Medalla de plata al Mérito en el Trabajo, que la obra de ambas, la que quedaría para la posteridad, dio comienzo en Madrid, en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, en cuya escuela primaria aprendieron muchas mujeres de su tiempo las primeras letras. Mujeres que pasarían posteriormente a ejercer la misma profesión de su maestra. Puesto que doña Asunción Vela, al igual que doña Clementina Albéniz, hermana del famoso compositor fue, por encima de todo, maestra de maestras.

   A aquel Centro de Cultura Femenina, la Asociación para la Enseñanza de la mujer, dedicó doña Asunción Vela López la mayor parte de su vida. En ella entró siendo niña para cursar la instrucción primaria, después la carrera de Institutriz, y allí se preparó para obtener, como alumna libre, el título de Maestra de Primera Enseñanza Superior. Después continuaría sus estudios para obtener el de Profesora de Comercio, y en 1883 los especiales de Correos y Telégrafos, siempre, según costumbre de los tiempos, con singular aprovechamiento.

   Más tarde se especializó en la Pedagogía Froebeliana y en todo lo concerniente a la enseñanza de párvulos, hasta que en el mes de julio de 1887 fue nombrada, por concurso, Secretaria contadora de la Asociación, cargo creado en esa fecha y que años después se dividió en dos, quedando Asunción Vela como Secretaria, cargo en el que se mantuvo por espacio de cincuenta años, mientras que el de contadora recayó en numerosas compañeras. Lo simultaneó con una intensa labor profesional dentro de la Asociación, en donde fue profesora de Aritmética, Geografía e Historia de España; más tarde Directora de las Escuelas de la Mujer y profesora de Historia Universal en la de Institutrices, a propuesta también de don Gumersindo Acárate.

   En 1888 fue nombrada profesora de las asignaturas de Historia Sagrada, Religión, Higiene e Historia de España en la Escuela Preparatoria, distinguiéndose, a la vez que por su magnífica actuación en el Congreso Pedagógico Hispano Portugués, por sus actividades e iniciativas en pro del mejoramiento de la Enseñanza privada cuando en noviembre de 1907 fue nombrada vocal de la Comisión técnica auxiliar de las escuelas primarias, creada por aquella fecha.

   Esta es, a grandes rasgos, nos decían sus alumnas en el momento de aquel gran homenaje, la existencia austera de abnegación y de sacrificio, de desinterés y de labor continua que, por la noble causa de la cultura femenina se ha impuesto como un ideal la profesora doña Asunción Vela López, quien durante medio siglo ha hecho del estudio y de la enseñanza las ocupaciones supremas y predilectas de toda su vida. 





   El 22 de enero de 1931 se le impuso la Medalla de Plata al Mérito del Trabajo, junto a Clementina Albéniz, dos de las primeras mujeres en recibir tan alta distinción, tras la también alcarreña Vicenta Ortiz Cuesta, cuya memoria ya trazamos en estas mismas páginas de Nueva Alcarria el pasado 8 de marzo.

   Tanto a Clementina Albéniz como a Asunción Vela la Medalla les fue impuesta por el  entonces Ministro de Trabajo, don Pedro Sangro y Ros de Olano, a petición del Claustro de Profesores y alumnos de la Asociación para la Enseñanza de la mujer.

   Dos mujeres, Asunción Vela y Clementina Albéniz, cuyas vidas se cruzaron en esta Guadalajara que tantas cosas tiene que contar, y a cuya provincia estuvieron unidas hasta sus últimos días. Doña Asunción murió en Madrid, soltera y sin descendencia; doña Clementina contrajo matrimonio con un guadalajareño, de Alcolea del Pinar, don Víctor Ruiz Rojo, médico de profesión.

   Nada mejor, en días en los que se recuerda la lucha de la mujer por sus derechos, que memorar la lucha por el futuro de una gran mujer pionera en lo suyo, Asunción Vela.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara,
  

viernes, 15 de febrero de 2019

HIENDELAENCINA Y SU HOSPITAL DE LOS MINEROS. A pesar de la riqueza que la plata generó, hasta los inicios del siglo XX no contó con un hospital para atender a los mineros.


HIENDELAENCINA Y SU HOSPITAL DE LOS MINEROS.
A pesar de la riqueza que la plata generó, hasta los inicios del siglo XX no contó con un hospital para atender a los mineros.


   Don Claudio Casado y Rodríguez, que fue hombre rico y murió pobre, asistido por la caridad de los pueblos a los que sirvió, y por la Real Academia de Medicina, como Médico que fue, y se despidió del mundo en Hiendelaencina el mes de marzo de 1927, fue uno de esos hombres curiosos por su inteligencia, vida y caridad, que da la tierra de Guadalajara y conocieron los pueblos serranos del entorno del Alto Rey. También don Claudio los conoció como la palma de la mano, a sus pueblos.



   Unos pueblos que por aquellos remotos tiempos, camino vamos de los cien años de su partida del mundo, nada tenían que ver con los actuales. Entonces sin carreteras ni apenas medios de comunicación con la capital de la provincia o las villas y mercados más próximos, lo que generó que, año a año, comenzasen a verse despoblados y amaneciesen al siglo XXI con casi todos los servicios, pero sin vecinos que los pudieran utilizar.

   Merecería, don Claudio, recordarse en cada uno de los recovecos camineros que desde Hiendelaencina ascienden a la ermita del Santo Alto Rey de la Majestad, uno de sus miradores predilectos. A pesar de que no nació en Hiendelaencina, Bustares o Robledo de Corpes, pueblos en los que vivió desde que, terminada la carrera, dejó el Madrid capitalino y bullicioso para buscar por estas tierras el sosiego, el silencio y, al final, la caridad. Nació en ese pueblo de la Alcarria que tantos hijos célebres dio a Guadalajara, desde Casto Plasencia a Benito Hernando o Judas Romo, esto es, en Cañizar.








   Y no llegó por aquí echando el pie derecho, pues luego de plantar en el Ayuntamiento la solicitud de médico de Hiendelaencina, cumpliendo todos los requisitos que marcaban las normas, le ganó el puesto quien menos esperaba, un médico que no lo era del todo, pues le faltaba la licencia oficial que por entonces comenzaba a exigirse a quienes terminaban la carrera. A falta del título requerido su oponente ofrecía la experiencia de más de treinta años de servicios profesionales en el entorno; algo que ni los tribunales pudieron combatir, pues después de pleitear durante diez largos años, la justicia terminó diciendo eso de que bien está tener un título académico, pero la experiencia es un grado que está por encima del diploma. Con lo que don Claudio bajó la cabeza, dejó Hiendelaencina y se subió a lo alto, a Bustares. De allí, y de los pueblos del entorno fue el Médico de cabecera desde la década de 1870 hasta los primeros años del siglo XX, en los que de nuevo libre el puesto, regresó al lugar en el que siempre quiso estar, Hiendelaencina.

   Qué tendría el pueblo de la plata por aquellos años de la segunda mitad del siglo XIX es algo que todavía, a pesar de conocerlo en parte, nos andamos preguntando, puesto que atrajo si cabe a mayor número de personas, de rancio y sonoro apellido, que los del comienzo de la fiebre de la plata. Aquellos que van de 1840 a 1860, cuando se hicieron verdaderamente ricos los que hasta entonces eran simples aventureros de la mina, o simples buscadores de fortuna, desde el legendario Pedro Esteban Górriz, al poderoso Antonio Orfila.


D. Claudio Casado fue uno de los médicos que atendieron al General Prim tras el atentado que le costaría la vida.

   Y llegaba don Claudio a estas míseras tierras apenas terminada su carrera de medicina, en el año de gracia de 1873. A Hiendelaencina, habiendo podido quedarse en el Madrid en el que había saltado, poco menos, que a la fama. Lo contó en alguna ocasión, aunque no gustaba alardear del hecho de que, alumno de los famosos doctores Cortezo y Martín de Pedro, se encontraba de guardia en la casa de salud que tocaba en suerte al domicilio del Presidente del Consejo el día aquel en el que sonaron los trabucos en la calle del Turco llevándose, sino toda la vida, una gran parte, de aquel rey sin trono que se llamó don Juan Prim y Prats. Nuestro don Claudio, con Cortezo, asistió al general  y le procuró las primeras curas, antes de que la mano negra, dice la historia, después de que los médicos le salvasen la vida, le apretase el cuello y le arrebatase lo que no pudieron los pistoleros.

   Su primer destino fue Robledo de Corpes, que como Hiendelaencina o La Bodera crecía al calor de la plata, pues tantos pozos se abrieron en sus términos como en el de la California española, como dieron en nombrar al mísero poblado que hasta 1844 fue la Loín de la Encina de los papelotes medievales; un hermoso lugar de crestas y caseríos de pizarra tan hermoso o más que los hoy conocidos parajes de la sierra negra. Una Hiendelaencina que, a pesar de los centenares de obreros que reunió en su término no contó, hasta avanzado el siglo XX, con un hospital en el que atender a quienes por desgracia, y no fueron pocos, sufrieron el efecto de un trabajo lleno de accidentes, como era el de la minería.

   También fue minero, o mejor dicho, inversor del mundo de la minería. Como tantos personajes de su tiempo que vieron, en la explotación de las minas de plata, un futuro prometedor. El suyo no lo fue mucho, pues después de adquirir unas cuantas demarcaciones con el capital logrado en veinte o veinticinco años de ejercer el oficio por los pueblos serranos del Alto se arruinó, porque la plata de los sueños prometida ya se la habían llevado.

   Pero tuvo otro sueño, desde que llegó a estas tierras. No el de hacerse rico, como tantos otros, sino el de crear un hospital que atendiese a los mineros que se morían por el camino, desde la mina a la casa del médico cuando se producía el accidente.

   Lo consiguió, que se comenzase a alzar en Hiendelaencina un hospital, en el mes de abril de 1911, después de que unos años antes llegase al pueblo, para regentar una de las pocas sociedades que ya comenzaban a quedar, La Plata, otro de esos curiosos personajes que por aquí pasaron dejando huella, don Joaquín Menéndez Ormaza y García Barzanallana quien además de Ingeniero de Minas fue escritor de éxito, y a Hiendelaencina, además del hospital, llevó la luz eléctrica y alguna que otra novedad de las de comienzos del siglo XX, como hombre versado en la  cultura de su tiempo que era.

Hiendelaencina conserva, en el Centro de Interpretación de la Plata, la memoria del Hospital de los Mineros.


   Se conocieron los dos genios, Ormaza y Casado, en una de esas aventuras que los años finales del siglo XIX ofrecían a las mentes despiertas; la increíble aventura de viajar, desde Madrid, a través de Cogolludo, a lomos de mula, hasta la cima del Alto Rey, que era por aquellos tiempos poco menos que hacerlo a la luna. La hija de don Claudio, Socorro, sirvió la comida en Bustares a Menéndez Ormaza y su invitado, el famoso doctor Kaestner que viajó desde Alemania para conocer nuestras tierras, y uno de sus hijos, de don Claudio,  los llevó a la cumbre. De allí surgió la amistad.

   Las obras del hospital se iniciaron, después de no pocas trabas, y dos años después estaban concluidas, inaugurándose en el mes de febrero de 1913 en terrenos de La Plata, siendo quizá el mejor dotado, por lo moderno, de los que por aquel tiempo contó la provincia, a pesar de que únicamente contaba con dos amplios y ventilados locales destinados a sala de enfermos y de operaciones, ocupando la parte central del edificio habitaciones para el practicante, sala de baño y demás dependencias propias de un establecimiento de estas características.

   Dotado con el más moderno mobiliario, aparatos e instrumental médico suficiente para las necesidades a las que iba destinado. Atendido en sus inicios, diariamente, por un practicante de cirugía, D. Cirilo Barrio, bajo la dirección del médico de Robledo de Corpes, D. Joaquín Bernardo.

   Uno de los primeros heridos en pasar por el nuevo Hospital fu el minero Félix Esteban, quien cargando escombros en una vagoneta en la mina Santa Teresa perdió el equilibrio y se precipitó al pocillo de extracción de escombros contiguo, cayendo a la galería desde una altura de 20 metros, resultando con heridas de carácter reservado.

   Don Claudio Casado no figura en la nota que con motivo de la inauguración publicó la prensa, sin embargo allí se encontraba junto a Menéndez Ormaza y las autoridades todas de Hiendelaencina, pueblo en el que ya jubilado residía y en donde no faltaba su mano para todo aquello que suponía dotar de conocimiento a los estudiantes, o ayudar a quienes precisaban de su mano

   Moriría, don Claudio Casado, como anteriormente decíamos en el mes de marzo de 1927, con casi noventa años de edad, y en el cementerio de Hiendelaencina fue sepultado, prácticamente en la indigencia, tras ser socorrido por el Patronato de la Fundación de San Nicolás, de la Real Academia de Medicina, en el mes de octubre de 1925 con 1.500 pesetas que le ayudaron a mantenerse los últimos meses de su vida.

   Conocer lo que fue aquel Hospital de los Mineros es un motivo más para visitar esta hermosa ciudadela de Hiendelaencina. En su Centro de Interpretación de la Plata se exponen los planos originales de su alzada. Para conocer la curiosidad de cómo aparecieron hay que ir hasta allí, y escucharlo de boca de quien reciba al visitante. Para hacerlo cualquier tiempo es bueno.  La tierra lo agradecerá, y la memoria de don Claudio, también.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 15 de febrero de 2018






miércoles, 16 de enero de 2019

PEDRO ESTEBAN GÓRRIZ. El Marqués de Hiendelaencina

PEDRO ESTEBAN GÓRRIZ.
El Marqués de Hiendelaencina

Tomás Gismera Velasco


   A don Pedro Esteban, dueño de una figura de marqués, le hubiese gustado que la reina doña Isabel II le hubiese otorgado un título nobiliario acorde a su estampa de caballero hidalgo; descendía de unos cuantos bizarros militares distinguidos a golpe de sable en batallas reñidas por tierras navarras y aragonesas contra el invasor francés, en aquella mal llamada “Guerra de la Independencia” que fue, más que de Independencia, de lucha contra el invasor que trataba de imponer, a más de sus reyes, su idioma; entre otras muchas cosas. Su padre, al decir de los tiempos, fue uno de los más valientes coroneles que sirvió a las órdenes del General Mina.

   Don Pedro, paseando por las calles de Pamplona, ciudad a la que acudió a rendir las cuentas de sus últimos años de vida, fue conocido como “Marqués de Hiendelaencina”, título que paseó por cafés y casinos, y dejó en alguno de sus muchos negocios, e incluso en el panteón que eligió para ser enterrado cuando la gloria de la vida dejase paso al recuerdo de la muerte.


Pedro Esteban Górriz. El Marqués de Hiendelaencina

   Don Pedro, que vivía en el número 22 de la calle de la Estafeta, en la década de 1850 se había convertido en uno de los mayores inversores de Pamplona. Pocas industrias eran las que la vara mágica de su mano no tocaba: hoteles, bodegas, y hasta inversiones en el apasionante mundo del ferrocarril no escapan a su dinero; un dinero que, además, le confirió las vicepresidencias de la Sociedad Minera Nacional –que presidió el conde de  la Retamosa-, y del Partido Progresista de Navarra, presidido honoríficamente por don Joaquín Aguirre de la Peña, quien tanto se distinguió en la Revolución de 1868. Sus idas y venidas, a través de España, comenzó a recogerlas la prensa de su tierra con la indicación de que “sabe gastar en beneficio de su país, el dinero que le ha regalado la fortuna”. Y no, no le toco la lotería.




   Si bien es cierto que no nació en la capital; en la provincia de Guadalajara tampoco. Lo hizo en Subiza el 17 de septiembre de 1804, era hijo de Lucas Górriz, el coronel del tercer batallón de Voluntarios de Mina que murió en la acción del Carrascal, combatiendo contra los franceses en el mes de febrero de 1811.

   También era sobrino de don José Górriz, quien sustituyó a su hermano Lucas Górriz al frente de aquél tercer batallón. José Górriz fue fusilado posteriormente por los franceses en la Ciudadela de Pamplona en el mes de octubre de 1814, hecho este que le hizo merecedor del título de Primer mártir de la Libertad,  y de un acuerdo de las Cortes de 1821 mandando que su nombre se inscribiera con letras de oro en el salón de sesiones del Ayuntamiento de Pamplona.

   Pedro Esteban Górriz, nuestro marqués, recibió la más esmerada educación en el colegio que los Padres Escolapios tenían en Sos del Rey Católico (Zaragoza), y muy joven todavía, estuvo agregado –en honor a su apellido- al Estado Mayor del General Mina en Cataluña y Navarra. Concluida la guerra, Pedro Esteban Górriz entró al servicio del general y se ocupó en numerosas ocasiones, como persona de su confianza que era, de llevar y traer correspondencia entre Mina y sus correligionarios liberales de Navarra, hasta que hecho preso en una de las puertas de Pamplona, fue encerrado en la Ciudadela pamplonesa y trasladado después a Sevilla y a Cádiz, acusado de conspirador contra el gobierno absoluto del nefasto monarca don Fernando VII. Tenía Pedro Esteban diecisiete años en el momento de su detención, y había ya cumplido veintiuno cuando obtuvo la libertad en Cádiz, de donde volvió a Sevilla para casarse con una dama doña Dolores de Moreda.

Un monolito recuerda el hallazgo del primer filón de plata, el 2 de junio de 1844.


   Antes de arribar a Guadalajara, capital, montó alguna que otra industria por Talavera, Madrid y Sevilla. Industrias relacionadas con la perfumería, los tintes y los estampados, que no le fueron del todo bien; pues tanto dinero como invirtió en ellas, procedente del patrimonio de su esposa; tanto dinero perdió. Por lo que optó por hacerse Agrimensor. Título que obtuvo en la década de 1830, y con él bajo el brazo se presentó en nuestra capital de provincia para ejercer el honroso cargo para el que fue nombrado.

   En los montes de esta provincia se hallaba en labores propias de su profesión, cuando se le presentó un emigrado político pidiéndole amparo para librarse de las persecuciones que sufría. Pedro Esteban Górriz, ciertamente, le protegió y le salvo, pero esta acción tuvo un alto precio para el navarro, el de la privación de su libertad durante cuatro años; el embargo de su mobiliario, y el verse envuelto en un complejo proceso judicial. La condena la cumplió en la prisión de Rioseco, en donde ejerció de escribiente hasta que fue indultado; mientras tanto su mujer y sus hijos estuvieron residiendo, o penando la vida y malviviendo, en Sigüenza.





   Hay que decir que desde muy niño mostró don Pedro Esteban una gran afición por la mineralogía; esto, y su carácter emprendedor, le llevaron a recorrer y a analizar los montes de Guadalajara; no hay que olvidar que Pedro Esteban se había quedado sin recursos económicos cuando salió de prisión, y que él y su familia sobrevivían entonces gracias a la labor de buena bordadora de su esposa.

   Y la sorpresa la encontró el navarro en el término municipal de Hiendelaencina cuando realizaba aquí unas exploraciones del terreno, como parte de su oficio. Allí, en aquellas tierras, encontró unos importantes yacimientos de plata que rápidamente los convirtió en minas. Inscribió en el registro las de Santa Cecilia, Suerte, y Fortuna. Y comenzó a hacerse rico. Muy rico. Mucho más cuando, tras darse a conocer los hallazgos primeros, los grandes inversores comenzaron a llegar a Hiendelaencina para invertir en la minería grandes capitales. Don Pedro Esteban, que había registrado a su nombre los mejores terrenos, comenzó a vender participaciones y, al final, todo el accionariado de sus sociedades, por astronómicas cantidades para aquellos lejanos tiempos. Tanto dinero reunió que llegó a convertirse en una de las personas de mayor capital de España. Convirtiéndose él, a través de los decires de la gente, y de la prensa, en un mito.

El nombre de Pedro Esteban Górriz se mantiene vivo a través del Centro de Interpretación de la PLata, de Hiendelaencina


   Aquellos dos o tres primeros pozos que don Pedro Esteban registró el 14 de junio de 1844, Santa Cecilia, Suerte y Fortuna, al año siguiente se habían multiplicado hasta llegar a los cerca de dos centenares.

   Y no, no sólo invirtió en Hiendelaencina en el mundo de la minería con aquel capital que comenzó a llenar sus arcas; también lo hizo en las poblaciones aledañas, e incluso en Barbatona, donde registró un pozo con el nombre de “Virgen de la Salud” –no podía llamarse de otra manera-. En Alcuneza explotó el carbón, y en Navarra el hierro y el cinabrio. Dirigió y fundó periódicos, e incluso fue concejal del Ayuntamiento de Pamplona durante largos años. Mucho antes de que su nieto,  don Javier, llegase a la alcaldía.

   La leyenda, a su muerte,  continuó, dando cuenta de que había descubierto las minas de plata de Hiendelaencina por casualidad, o por inspiración divina, que no fue tal. Al tiempo que se llegó a decir que cuando llegó a Hiendelaencina era poco menos que un pobrecito sin arte ni oficio. Sus hijos se encargaron de desmentir todo aquello, dando cuenta de la nobleza de su estirpe y de que no, las minas no se descubrieron por casualidad, sino tras un estudio muy laborioso y concienzudo.

   Hijos que se encargaron de ir dilapidando poco a poco la fortuna que logró nuestro gran hombre. Como suele suceder, en ocasiones se llega a pensar que el dinero, cuando es mucho, no se acabará, pero sí que se termina. Del hijo dilapidador, dedicado a la vida hermosa y bella de vivir del cuento, en el sentido literal de la palabra, pues fue algo así como escritor y actor de teatro, además de poeta, nos dejó un hermoso retrato otro de sus casi paisanos, don Pío Baroja; sus escritos los firmó como “Pedro Górriz (hijo)”; quien igualmente retrató a sus hijas (las del escritor), nietas de nuestro descubridor, Eloísa e Isolina. De su hija apenas quedó otro rastro que el nombre de su marido, don Claudio Arvizu, oficial del Ayuntamiento de Pamplona; y el de su nieto, don Javier de Arbizu y Górriz, nacido en la casa de los marqueses de San Adrián, en Tudela, y que llegó a ocupar la alcaldía de la capital navarra.

   Al morir don Pedro Esteban de Górriz y Artazcoz, tal su nombre completo, ya era viudo de doña Dolores Moreda, fallecida en 1865; y se encontraba asociado, en alguno de sus negocios, con aquel capitán Muñoz que recibió el título nobiliario de Duque de Riansares al casarse con la reina madre viuda –de don Fernando VII-, doña María Cristina (me quiere gobernar). Al morir, decía, se le calculaba una fortuna de 3.000.000 de reales. Que mucho dinero seguía siendo para la época.

Hiendelaencina, que pudo ser el marquesado de don Pedro Esteban Górriz


   Falleció en Pamplona, el 10 de septiembre de 1870 y fue enterrado al día siguiente en su propio panteón. Un panteón que, pasados los años, y abandonado, fue utilizado su solar para recibir el cuerpo de otro grande de la historia navarra, don Martín Melitón Pablo Sarasate.








   Don Pedro Esteban Górriz nunca lo recibió, pero pasó a la historia de su tierra como “Marqués de Hiendelaencina”. Y en nuestra tierra, en Hiendelaencina, dejó su nombre para la historia. Había descubierto sus minas de plata. Logrado que, aunque fuese a través de otros socios, se transformase un pueblo en poco menos que una ciudad. Y su nombre se inscribió en la piedra; en aquella que, todavía hoy, dice lo de: “Santa Cecilia, primera mina de plata descubierta en este término por don Pedro Esteban Goriz en 2 de junio de 1844”. Y su rastro aún se puede seguir en ese pueblo que lo vio hacerse rico, a través de su Museo de la Plata.
  
Pedro Esteban Górriz Artazcoz nació en Subiza (Navarra), el 17 de septiembre de 1804. Murió en Pamplona el 10 de septiembre de 1870. Fue el descubridor de las minas de plata de Hiendelaencina.

En: GENTES DE GUADALAJARA

TIEMPOS DE FERIAS

  TIEMPOS DE FERIA. M emoria de las ferias de otoño, en la provincia       Cualquier estudio que tomemos en torno a las ferias, nos dirá...